Artes plasticas naturalismo

Thursday, August 17, 2006

Los pintores impresionistas
Aunque estrictamente no pertenezca al grupo de los impresionistas, ya que ni cultivó el tema favorito de ellos -el paisaje- ni se atuvo con rigor a los principios que hemos expuesto, Edouard Manet (1832-1883) está vinculado a este movimiento y hasta lo adelanta en algunos aspectos. El empleo de tonos claros, la aplicación de colores enteros yuxtapuestos, sin degradar, la supresión del claroscuro, la eliminación de la perspectiva, constituyen rasgos impresionistas que Manet subordina el tema a lo pictórico, poniendo el interés es éste sobre el asunto, con lo que el contenido pierde todo su interés de éste sobre el asunto, con lo que el contenido pierde todo interés narrativo. Pero mantuvo un dibujo firme, que se apoya en una línea estrictamente ceñida al contorno del objeto. Inspirado en las estampas orientales, en las que el arabesco lineal crea la forma y el espacio sin necesidad del modelado, Manet logra dar la ilusión del relieve sin salirse del espacio bidimensional del cuadro, en lo cual se acerca tanbién al impresionismo, que rechaza la profundidad geométrica.
Obras de Manet muy conocidas son el célebre Dejeneur sur l´herbe y la Olympia, que levantaron gran escándalo al exhibirse. De excelente impresionismo son los cuadros en que Manet toca el tema de las multitudes, no tanto por la impresión de movimiento como por la masa o entidad superior, física y psicológicamente distinta de los individuos que la componen. Sirvan de ejemplos: Carreras de caballos en Longchamps, En el jardín de las Tullerías, El bar del Follies Bergere, etc...
Un paisaje de Claudio Monet (1840-1926), llamado Impression, expuesto en el famoso Salón de los rechazados de 1874, dio el nombre, despectivo de un principio, a los que pintaban más o menos de igual manera.
Monet sigue en sus comienzos el realizmo de Courbet, y el más refinado y casi impresionista de Manet. Sus primeras pinturas son retrats y composiciones en las que entre la figura humana, como El almuerzo, La japonesa, En el jardín, etc... En estas telas se advierte ya, sin embargo, que no es la representación del objeto lo que más interesa a Monet. Cuando pinta un retrato, en vez de atenerse fielmente al modelo, se distrae con el juego inestable de las luces, que va a ser la gran pasión de su vida. Con el tiempo, el problema de los efectos luminosos le apasiona al punto de hacerlo el tema esencial del cuadro. En sus paisajes espléndidos, la luz está presente en toda su magnificencia, y, con la luz, la vida secreta de la naturaleza; el perenne temblor de las frondas, el escalofrío que recorre las campiñas, el aire que hincha la vela, el parpadeo de las hondas inquietas y el polvillo cósmico que flota con el polen, el vaho del agua y el jirón de nube llevando irradiaciones de calor luminoso a todas partes. Hacia la mitad de su vida, Monet, para demostrar la influencia de los accidentes atmosféricos, de la estación y aún de la hora, en la apariencia del paisaje, pinta el mismo motivo bajo circunstancias diferentes. Así nacen las magníficas series de Las catedrales, Los almiares, etc. Y, en sus últimos días, casi ciego, Las Ninfeas, el poema del agua y los nenúfares.
El impresionismo tuvo en Monet su máximo maestro. Alfred Sisley (1839-1899) y Camilo Pisarro (1830-1903) practicaron un impresionismo más moderado. Pisarro, pintor que visitó Venezuela y pintó algunas estampas del país, no se desentendió de la realidad que hay tras la sensual cortina del color, y en sus escenas de plazas y calles de París de solidez y cuerpo a las masas de edificios con grandes y espesas manchas.
Sisley pintó, al modo de Corot, pero con la encendida paleta del plenairismo paisajes de gran encanto, logrando en algunas ocaciones ponerse a la altura de un maestro tan grande como Monet.
Pedro Augusto Renoir (1841-1919), el otro pintor de la escuela, centra su interés en la figura humana, sobre todo, en el desnudo femenino. El estilo de Renoir logra la síntesis de los tres elementos de la pintura -línea, color y tono- que las distintas escuelas mantenían separados exaltando el valor individual de cada uno. Dentro del impresionismo, del que toma los colores claros y luminosos, la pincelada gruesa y espontánea y la preocupación por la luz ambiental, la pintura de Renoir se caracteriza por el empleo del negro -el rey de los colores, lo llamaba-, por la importancia que da a la forma y por la fuerza del modelado, que resalta los valores táctiles. Así lograba la pasmosa turgencia de las carnes de sus bañistas, transformando el color en materia viviente, en sangre, en jugos y en tegidos orgánicos.
En su fecunda vida artística, Renoir dejó pinturas tan admirables como Le Moulin de la Gallette, El almuerzo, La mujer de la sombrilla, Muchachas tocando el piano, La niña del gato, y un incontable número de magníficos desnudos, paisajes y retratos extraordinarios, como el de Madame Charpentier y sus hijas.
Edgardo Degas (1834-1917) aplicó la rápida técnica del pastel a fijar el grácil y efímero movimiento de las bailarinas de <>, que le han hecho famoso. Las figuras trenzando el arabesco de la danza al resplandor de las candilejas que las transforman en rutilantes apariciones, le dan a Degas magnífica oportunidad de jugar con la luz y el calor.
Su estilo, elegante y enérgico, que descansa en el sólido armazón de un dibujo preciso, que define netamente las formas, se inscribe en el impresionismo por la nerviosa concisión del trazo, pero también por el empleo de los colores puros, a los que deben sus bailarinas la calidad vaporosa que las hacen tan delicadas. Interesado en reproducir la impresión de movimiento, Degas tocó con frecuencia el tema hípico.
El impresionismo ejerció una amplia influencia sobre la pintura y la escultura, dentro y fuera de Francia, y dio la pauta para una manera de ver la realidad que no ha perdido vigencia, aunque la pintura haya corrido por otros canales muy distintos en estos últimos años. Notables pintores, dentro de esta escuela, fueron los franceses Eugene Boudin (1824-1898) y Berthe Morisot (1841-1895); los alemanes Max Liebermann (1874-1935), Luis Corinth (1858-1925) y Max Slevogt (1868-1932), los españoles Mariano Fortuny (1838-1874), Juaquín Sorolla (1863-1923), Joaquín Mir (1873-1940) y Darío Regoyos (1857-1916); el belga James Ensor (1860-1959); y los americanos James Whistler (1834-1903), Mary Cassat (1844-1926) y John Sargent (1856-1925).

el impresionismo
¿Qué fue el impresionismo?
De representar las cosas como sabemos que son -conocimiento intelectual- a representar la móvil apariencia con que las reciben los sentidos, sometidas a todas las influencias del medio -conocimiento experimental-, es la distancia que hay de Courbet a los impresionistas.
Las novedades técnicas y teóricas que éstos traen exigen un estudio detallado, pero bueno es advertir que al movimiento impresionista no le faltan antecedentes. Rembrandt, Velázquez, Hals, Watteau, Fragonard, Goya, Delacroix, el mismo Courbet, y aun antes, los venecianos, habían venido preocupándose por la luz y sus efectos sobre las cosas. Muy cerca están también tres pintores ingleses, que, por el énfasis que dan a la luz, adelantan el primer postulado del impresionismo; Richard Bonintong (1802-1828) y sus compatriotas Turner y Constable.
Pero en estos años de la segunda mitad del siglo XIX, con los descubrimientos que hace la física sobre la naturaleza de la luz, cuando se despierta en los pintores un interés más vivo sobre los fenómenos luminosos y su aplicación a la pintura. La luz es el vehículo necesario de toda impresión visual, por lo que es lógico que constituya la primera y principal preocupación del pintor. Es la luz solar la que, cayendo con mayor o menor inclinación, con intensidad distinta, directa o reflejada, sobre las cosas, engendra la ilusión del color y de la línea, que es inherente al fenómeno de diferenciación de los colores. De manera que lo que nosotros vemos, en rigor, no son los objetos sino las manchas coloreadas -atmósfera, luz- que las envuelven y que es lo que hay que pintar, pues es lo cierto que, a pesar del carácter irreal de la impresión, para el pintor tiene el mismo valor que la realidad objetiva.
Como resultado de esta teoría, la técnica pictórica sufrió una profunda transformación. Puesto que la retina viene a ser el laboratorio donde los colores, que llegan separados, se unen y combinan según leyes de simpatía para dar la sensación última, se hacía innecesaria loa mezcla en la paleta, y bastaba, para el fin propuesto, su yuxtaposición, observando las leyes de complementariedad y contraste.
En consecuencia, los impresionistas compusieron una paleta de colores puros, desterrando los tonos oscuros, neutros y grises que no aparecen en el espectro solar, con lo que el resultado es una pintura luminosa, de tonalidades vivas y claras. El procedimiento tiene, además, una indudable ventaja: la de que, realizándose la mezcla con luz coloreada, el tono resultante es de una limpieza que jamás la puede lograr la mezcla física de los pigmentos.
Como todo este maravilloso mundo coloreado, para hacerse visible, requería la colaboración de la luz libre, los impresionistas se dedicaron, sobre todo, al paisaje, dando origen a la pintura llamada plenairista o al aire libre.
Aunque como ya se ha advertido, hay antecedentes en distintas épocas y países, el impresionismo como escuela puede decirse que nació en Francia, cuando un grupo de pintores empezó a interesarse en los problemas de la luz y quiso aplicarlos a sus pinturas, formulando unas reglas que pueden definirse así:
El pintor debe pintar lo que ve, la sensación que reciben sus ojos, aunque sepa que las cosas son de otra manera a como las percibe. Es la impresión visual lo que hay que transmitir.
Las cosas no tienen color propio, sino que es la luz la que lo engendra y presenta como una apariencia real.
Por tanto la luz, las condiciones con que se produce, influirán decisivamente en el aspecto sensible de las cosas. La atmósfera, el día, la estación, etc.. cambian los colores, de tal modo que las cosas no son iguales a sí mismas en ningún momento.
Los colores, modulados y desdoblados en matices y tonos más claros o más oscuros, sirven para sugerir la forma de los objetivos y la distancia. La línea, el contorno cerrado y bien perfilado, no tienen sentido para los impresionistas.
En la naturaleza no existe el negro, por lo que las sombras más oscuras tendrán cierto grado de claridad, proveniente de los reflejos de las cosas circundantes y del aire atmosférico que las envuelve. El efecto general será, pues, de gran claridad.
Por virtud de las leyes de complementariedad, las partes no iluminadas directamente tendrán tonalidades violetas. Los efectos luminosos, por lo tanto, se basarán en el contraste binario: amarillo-morado.
Para lograr la limpia intensidad de la luz real, los colores no se mezclan en la paleta, sino que se aplican separadamente buscando el tono adecuado por medio de la combinación óptica. De aquí que los impresionistas trabajasen con una serie de colores limitada a los del espectro solar, o sea, rojos, amarillos, violetas, azules y, en menos proporción, el blanco.